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El Yeti y el Origen de Hombre
la muerte de la hembra “yeti” por una patrulla de ejército chino, hecho acaecido en 1972 en una lejana comarca del Tibet
El Yeti y el Origen de Hombre

La Comunidad Científica y el Origen del Hombre

Señor Director:

Desde hace varios meses, los lectores Sánchez Antiga y C.A. Iturralde se encuentran empeñados en una farragosa polémica plena de adjetivos, paréntesis y subjetividades, sobre el “origen del hombre”. Se tratará, aquí y ahora, de exponer los hechos admitidos generalmente por la comunidad científica, sobre ese capítulo evolutivo, con la salvedad expresa que las indagaciones y descubrimientos que se realizan casi cotidianamente determinan un posible cambio, muy importante, de apreciación sobre ese apasionante capítulo de la Historia Natural.

Esos hechos, son los siguientes: el “orden” de los primates se divide en dos subórdenes; el de los “prosimios” y el de los “antropoides”. Aquellos, “evolutivamente” inferiores, descenderían de los insectívoros, y algunas “superfamilias” (“tupaioides”) serían tan parecidas a insectívoros, que algunos autores las consideran como tales. El suborden de los “antropoides” (literalmente, “parecidos a hombre”) se conforma por otras tres superfamilias.

Por orden de evolución, “ceboides” (monos americanos); “cercopitecoides” (monos del  Viejo Mundo) y “hominoides” son seres totalmente desaoarecidos y habrían generado dos vertientes: la familia de los “póngidos” (orangután, gorila y chimpancé) y la de los “hominideos”, que habría generado a tres especímenes: a) el australopiteco grácilis; b) el australopiteco robustus y c) el homo. Habría una tercera progenie: los hilobáticos (“gibones”) que otros consideran parte de los  póngidos de quienes se diferencian por su menor desarrollo intelectual y por su andar erecto perfecto. Los dos “tipos” de australopiteco y los “homo” (H. habilis; cráneo KNM-ER; 1470; R. Leakey, Lago Turkana, ex Rodolfo, Kenia; 1972, con antigüedad estimada en 2.800.000 años) fueron contemporáneos y este último habría sido causal de la desaparición de los australopitecos.

El H. habilis deviene en el H. erectus (cráneo KNM-ER 1805, hallado por el mismo Leakey en el mismo sitio, con una antigüedad estimada de 1.500.000 años). Este espécimen se transforma con el correr de mienios en, por ejemplo, el famosísimo “Hombre de Java del Dr. Dubois” (Trinil, 1890-94), hoy denominado “H. erectus javanensis” con antigüedad 700.000 años; el “Hombre de Pekin” (H. erectus pekinenses) descubierto hacia 1927/31 por Davidson Black, Wang- Chu- Pie; Roy Chapman Andrews y el célebre antropólogo jesuita Teilhard de Chardin (antigüedad 600.000 años).

Se cita un H. presapiens (el “hombre de Swascombe”) con antigüedad de 300.000 años y luego el H. neandertaliensis (100.000 años de antigüedad) quizá una adaptación. El H. sapiens neandertaliensis deriva en el H. sapiens sapiens (tipos cromagnon, chancellade, Grimaldi, vic-d´azyr. etc.) que es el actual tipo. Para completar este cuadro, debemos agregar que con similar ubicación a los “grandes antropoides” se hallaría el “gigantophiteco”, un mono de tres metros (1) de altura, que vivió en China y en el Himalaya. Sus restos se hallaron – junto a restos de ciervos, rinocerontes, etc., en cavernas próximas a Pekín por la expedición (ya señalada) de Davidson Black, son señales de haber sido (sus cráneos) quebrados para comerles el cerebro, obviamente por  el “Hombre de Pekín”.

El hominoide típico (ósea el primer eslabón común a monos antropoides y al hombre, etc.) serían un ser llamado “dryopitheco”, que vivió en África hace 20 y 30 millones de años. El antecesor común a los autralopitecos y al homo sería un pequeño ser llamado “rhamapitheco” que vivió hace diez a catorce millones de años.

Actualmente, empero, se considera que tanto los grandes antropoides (por lo menos) como el hombre y formas “humanoides” son desprendimientos sucesivos de una línea filética común. El más antiguo de esos desprendimientos seria el orangután, luego vendría el gorila y últimamente el chimpancé, cuyas semejanzas serológicas, proteínicas, etc. con el hombre son harto comprobadas.

La transformación del H. sapiens neandertalensis en H. sapiens sapiens se explica a través de dos teorías: Una, llamada “fase neandertalensis”, si afirmaría, en esencia, que la presión simultanea ambiental en distintas partes del globo (o poblaciones de ese ser) determinaran una casi simultánea transformación en el H.s.s. La otra teoría (“Teoría del Jardín del Edén”) propone que los pasos importantes en la evolución del hombre se dieron en lugares restringidos y no es a escala mundial (“La formación de la Humanidad”; R.E Leakey, Ed. Del Serbal, 1981).

Contrariando la respetable opinión del Dr. Iturralde, hay numerosas mutaciones perfectivas (aunque quizá muchas “mutaciones” sean en realidad “selección” de caracteres, como el casi clásico de los pinzones de las Galapagos).

Referente a un punto briosamente controvertido (el número de ejemplares) por ambos contenedores, preciso que las poblaciones son sistemas de autocontrol numérico. Se ha calculado (R.H. Mac  Artur J.H Connell) que una bacteria multiplicándose cada 20´en 36 hs, cubriría la Tierra con una capa de 30  cents. De espesor una (1) hora luego, esa capa tendría alrededor de 1,50 mts.

Pero las insuficiencias alimentarias, la competencia intraespecífica y la acumulación de detritus metabólica impedirían ese fenómeno. En Ecología se estudia una curva poblacional general, que en última consecuencia lleva al “crecimiento cero” o sea una compensación entre nacimientos y muertes. Los biotipos (o sea el lugar donde una especie mora) tiene una capacidad finita. Cuando esa capacidad es superada sobreviene fatalmente una caída, que puede ser lenta o dramáticamente breve; ¡el homo sapiens sapiens no escapará a ese sino trágico!

Las precedentes son, solamente, algunos hechos atinentes a la controversia Sánchez Antiga – Iturralde.
Tiempo Argentino – 01-11-84
Dr. Hosmar Doher Peralta Bergna
La Plata

Nota de la Redacción
En la edición del domingo 26 de agosto ppdo. de ese matutino, se relató la muerte de la hembra “yeti” por una patrulla de ejército chino, hecho acaecido en 1972 en una lejana comarca del Tibet.

Desde el programa radial en que intervengo (Radio Provincia, programa “Fiesta” de ese domingo) rogué a un destacado profesor de la Facultad de Ciencias Naturales y Museo comentara el asunto.

Se negó rotundamente, afirmando que tales noticias (sobre el “yeti”) carecen de seriedad. Con todo respeto hacia ese caballero, supongo que no es descabellado suponer que en inaccesibles zonas (montañosas, heladas) del Tibet y del Himalaya, puede vivir, relicto, ese gigantesco mono bautizado con el nombre de Gigantopitheco, a cubierto de la depredación humana. El argumento del citado catedrático sobre el insalvable obstáculo que supondrían la época de su extinción (alrededor de 600.000 años calculados) y su actual vivencia es atacado con las circunstancias de que aún viven, por ejemplo: en Nueva Guinea el reptil Sphenodon punctatus (“tuatuara”) con una antigüedad (la especia o genero); de alrededor de 200 millones de años y, más aun, el famoso pez “Latimeria chalumnae”- llamado “fósil viviente”- del cual se han obtenido alrededor de catorce ejemplares – entre ellos una hembra con huevos-. Estos peces, aclaro, pescados vivos, son los representantes (eslabones) del paso de las formas acuáticas hacia las terrestres, hechos que se precisa, entre otras circunstancias  anatómicas, por las aletas absolutamente diferentes  de las existentes en los peces de observación habitual. Los hechos indican que ese pez vive (en profundidades de alrededor de 200 metros) y se reproduce. El mar ha sufrido durante el paso de las épocas geológicas notales variaciones de temperatura y salinidad, similares a los cambios terrestres. Aparece como no imposible el mantenimiento de especies de notable antigüedad.

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